sábado, 14 de diciembre de 2013

Amaneceres y crepúsculos


Resulta curioso cómo, a veces, los pensamientos se van encadenando de manera impredecible, hasta llegar a conclusiones que sorprenden hasta uno mismo.
Escribí a principios de verano, un artículo sobre algunas reflexiones religiosas que fue enseguida desautorizado, -que no contestado- por un celoso guardián de la ortodoxia oficial. Hace días, escuchando a Malher en su 2ª sinfonía "Resurrección", casualmente me encontré con unos versos del poema que el compositor había utilizado como base de su 4º movimiento. Y, mira tú por donde, descubrí que guardaban una cierta relación con el contenido de mi artículo.
Como quiera que dicho artículo anda todavía por ahí en busca de editor, pensé que no estaría de más confeccionar un corto vídeo que me ayudase a mantener viva la llama de aquellas líneas. Y este es el vídeo:


domingo, 24 de noviembre de 2013

Soneto para definir el amor


Ya estamos perdiendo la costumbre de leer poesía, de sentir vibraciones más allá de lo que las propias palabras nos hablan, de estremecernos ante algo subliminalmente bello.
Hace poco que pasó por mis manos un soneto de amor, un "Soneto para definir el amor" como su mismo autor lo tituló. Lo había escrito mi amigo diez días antes de su fallecimiento y se lo había dedicado a su hijo en la fecha de su boda.
Este era su canto y quiero compartir mi emoción con vosotros.


lunes, 11 de noviembre de 2013

Haydn y el paso de las nubes




Escuchando la sinfonía 101, "El reloj" de Haydn y viendo pasar las nubes a la velocidad de estos últimos días, se nos ocurren algunos paralelismos.

El asunto del rápido paso del tiempo, tempus fugit es tan viejo como la misma historia de la humanidad. Sin embargo, no está demás refrescarlo de vez en cuando con la ayuda de los bellos compases de Haydn. 

viernes, 4 de octubre de 2013

Una vida para un libro


Creo que innumerables han sido los literatos que han dedicado una buena parte de sus vidas respectivas al trabajo sobre una sola obra. A la memoria me viene ahora mismo Flaubert que publicó su Madame Bovary tras cinco intensos años que fueron seguidos de una interminable etapa de exigente corrección de estilo.

Pero ningún caso tan neto como el de Marguerite Yourcenar con sus Memorias de Adriano. En la lectura de las notas finales de la autora nos cuenta cómo empezó a trabajar allá por 1924 en el libro que no se publicaría hasta 1951 y, entremedias, rotura de manuscritos, vuelta a empezar, retoques y rectificaciones, documentación, en fin, toda una apasionada vida consagrada a una gran obra. Ella misma dice que anduvo como el pintor que, frente al escenario que va a plasmar, mueve el caballete de un lado para otro, hasta encontrar el enfoque deseado.

Durante todo ese lapso de tiempo se debieron alternar etapas de apasionamiento febril, con frustración y desánimo: Hundimiento en la desesperación de un escritor que no escribe. Etapas en las que se encadenan sucesivamente la búsqueda del amor o su benefactora presencia.

Siempre con una intensa dedicación que se transforma en una devoción por el personaje y por el atrayente mundo que le rodea, hasta declarar: Me di cuenta muy pronto de que estaba escribiendo la vida de un gran hombre. Por tanto, más respeto por la verdad, más cuidado, y, en cuanto a mí, más silencio.

Así que como inmediata consecuencia de esa extrema fidelidad, la entrega a la obra se prolongó hasta convertirse en casi una obsesión: Este libro es la condensación de una enorme tarea hecha sólo para mí.


Confiesa que algunas mañanas quemaba el trabajo de la noche anterior. Su incontenible inquietud le llevaba a leerlo todo, informarse de todo y aprenderlo todo, durante tan buena porción de su vida. Por eso, cuando concluyó de escribir sus notas, dejó la postrera frase: Lo que yo era capaz de decir, ya está dicho, lo que hubiera podido aprender, ya está aprendido. Ocupémonos ahora de otras cosas.

Bella historia que nos habla de una vida intensa y, sobre todo, fecunda.
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domingo, 19 de mayo de 2013